domingo, 1 de agosto de 2010

CONVERSACIONES FILOSÓFICAS - JOSÉ MANUEL SILVERO



CONVERSACIONES FILOSÓFICAS
“LAS FACULTADES DE FILOSOFÍA NO PUEDEN SER FEUDOS DE PARTIDOS POLÍTICOS”
Por: Eduardo Quintana – Publicado por ABC Color - Cultural
Leer (hacer clic) en: http://groups.google.com.py/group/guarani-nee/web/conversaciones-filosoficas---jos-manuel-silvero

Incisivo y directo, el filósofo José Manuel Silvero asegura que las facultades de Filosofía no pueden ser feudos de partidos políticos o movimientos sociales, porque así se cercena el acervo filosófico. Puntualiza que hay vicios stronistas dentro de la educación, aunque de otro color. Señala que la educación en el Paraguay persigue a un “fantasma con un palo de mentira”. Indica, entre otras cosas, que en la medida que manejemos información sesgada de historia o filosofía, en que todos “los héroes paraguayos” sean inmaculados, vamos a seguir soñando y vamos a cosechar ilusiones.
—¿Cómo ves a la filosofía hoy en día? ¿Hay varios problemas filosóficos aún?
—En la modernidad se instituyeron ciertos ideales, que en principio se creían muy sólidos. Nosotros sabemos hoy que todo está fragmentado, que los discursos están fragmentados, por eso me gustan en demasía las ideas de Zygmunt Bauman y el concepto de modernidad que tiene.
—¿Qué dice Bauman?
—Que todo se desborda porque todo es instantáneo. En menos de ocho días podés ser un ídolo y pasar a ser un villano. Tenemos muchos ejemplos, especialmente con la política en el Paraguay.
—¿Cuál es el papel de la filosofía en esa “realidad desbordante” que plantea el sociólogo?
—Hay temas filosóficos que perviven, como por ejemplo, la muerte, que es un problema filosófico eterno, seguimos discutiendo sobre ello. También la dualidad mente-cuerpo y me podrías decir que eso ya está superado, pero ¡de ninguna manera! Hay modelos computacionales que tratan de explicar cómo funciona la mente, así como hay quienes sostienen aún que Platón tenía razón. Muchos no creen que algunas ideas ya fueron superadas.
—¿Cómo se explica aquello?
—Cuando tenés un tema tan complejo y tan minado por cuestiones de fe, entonces la superstición y las ilusiones campean a sus anchas. ¿Qué se puede esperar entonces? Yo espero que la neurología vaya avanzando, mejorando sus herramientas y aplicaciones, para que el día de mañana digamos “lo de Platón estuvo muy bien, dentro de la arqueología del saber”, pero hay que avanzar.
—La discusión entre teología y filosofía es un debate medieval, superado, ¿por qué cree que algunos quieren traerlo a colación?
—Por desconocimiento. La filosofía estuvo supeditada a la teología por mucho tiempo y fue como su “empleadita”. Es un deber de los filósofos decir que la teología es una cuestión totalmente distinta y que las “verdades de fe” no pueden ser equiparables a unos criterios racionales, que no son estáticos. En filosofía tratamos de discutir, debatimos; eso es lo que asegura la prosperidad del negocio. Si comenzamos a cerrar todos los canales posibles de reflexión, nos pasará lo que les pasó a Hegel o a Fukuyama, que trataron de cerrar la historia.
—¿Cree que hay pensadores contemporáneos que siguen insistiendo en los fracasos filosóficos?
—Hay pensadores para todos los gustos; eso es lo lindo de la filosofía. Hay gente que aún reivindica las ideas de Aristóteles, hay neoescolásticos, trabajando incluso en nuestras facultades. Hay gente que no ha superado los textos de Julián Marías. Sin embargo, hay filósofos que están planteando cuestiones más progresistas, por decirlo así, que los paraguayos deberíamos leer. El libro Los anormales, de Foucault, por ejemplo, para ver de qué manera el poder tiene como objetivo controlar la vida y moldear el destino. Si tenemos la capacidad de debate, de discusión, vamos a impedir muchos abusos.
—El poder del que habla Foucault, ¿qué clase es?
—El poder en el no lugar. Habla de la microfísica del poder. En epistemología discutimos mucho sobre los criterios de verdad. Dividimos, por ejemplo, la ciencia de la seudociencia y hablamos acerca de qué es lo verdadero. Lo verdadero está por allí. ¿Quiénes administran aquello que decimos que es verdadero? Y... muchas veces las élites que históricamente manejan el país.
—¿Cuáles serían esas élites en nuestro medio?
—Podemos encontrar la incidencia tremenda en nuestro cultura con los curas. Por ejemplo con el “pa’i he’ima”.
—Con esa frase de dos palabras, ¿se resume una línea de pensamiento?
—No sé si una línea de pensamiento, pero por lo menos un criterio de validación, totalmente absurdo, pero que es operativo. En Paraguay tenemos muchos criterios de validación totalmente absurdos.
—Además de lo religioso, ¿cuál otro?
—Tenemos la idea, por ejemplo, de que somos una raza superior. Varios grupos fueron los interesados en mantener ese criterio para aglutinar. Son como metáforas o símbolos sumamente operativos.
—¿Se puede ver esto en la discusión entre O’Leary y Cecilio Báez?
—Sí y allí hay muchos criterios de validación de ambos lados. Por una parte, un nacionalista a ultranza, que necesita reivindicar la figura del Mcal. López para aglutinar a un grupo grande de gente, que en ese momento estaba muy desconcertada. Y, por otro lado, tenés a un intelectual que quería embarcar al país en un proyecto racional e internacional al mismo tiempo, con el positivismo, más progresista.
—¿Por qué considera que el debate entre ambas posturas sigue latente hasta hoy en día?
—Porque no hemos resuelto nuestras diferencias. ¿Cómo vamos a resolver nuestras diferencias si no tenemos criterios? Las inquinas y los desvaríos se pueden eternizar si no tenemos criterios para resolver qué iba a seguir. En la medida que manejemos información sesgada, en que todos nuestros héroes sean inmaculados, vamos a seguir soñando y vamos a cosechar ilusiones.
—El próximo año, el Estado paraguayo cumple 200 años de creación, ¿aún se continúa alimentando con mitos al ciudadano con la idea de nación?
—Sí. El tratamiento de la historia paraguaya misma falta desmitificar. Uno de los pocos que hace ese trabajo es Hérib Caballero, y lo único que hizo fue investigar. Muchos historiadores se encargaron de hacer política; el historiador no tiene por qué hacer política; el filósofo mucho menos.
—¿Por qué?
—El filósofo es como un odontólogo, que taladra un agujero, pero no cerrarlo. Debe mostrar las calles y tiene que solucionar lo que tiene que solucionar. Debe reflexionar, como por ejemplo, con el problema de los baches. Pero no debe solucionar ese inconveniente.
—¿Cuándo se convierte el auge de los baches en un problema filosófico?
—Es un problema desde el punto de vista de la estética. En ese sentido podemos decir que somos muy posmodernos.
—¿Cómo tendría que actuar el filósofo?
—Debe ser irónico y tener la capacidad de meter el dedo en la llaga de una manera que duela. La sonrisa es muy sana en una sociedad democrática. El humor es valioso, así como lo fue para Voltaire en su momento, también lo es para nosotros.
—¿De qué debe reírse?
—De nuestros políticos. Sobre todo de aquellos que se presentan como los inmaculados y en el fondo son unos pobres cleptómanos.
—¿Cree que sigue vigente la idea del político mesiánico en el Paraguay, el líder autoritario que viene a “refundar un país”?
—Claro, sigue vigente.
—¿Cómo se podrá desmitificarlo?
—El primer problema del mesías es que ¡no va a venir! El segundo problema es que “el mesías” siempre está rodeado de idiotas. El otro problema es que la sociedad jurídicamente organizada la tenemos que construir entre todos, en ese sentido, el mesías esta desubicado, porque si él tiene que cambiar todas las cosas, nosotros, sobramos. El político tiene que ser un ciudadano más. Un día alguien se va a candidatar y decir: “Señores, yo voy a cometer errores, posiblemente voy a quedarme con un porcentaje de algunas licitaciones y pida disculpas, porque soy humano como ustedes. Nada de lo que es humano me es ajeno”.
—¿Hay muchos mesías por ahora?
—Hay actitudes mesiánicas. Es para alquilar balcones, porque los mesías se van desenmascarando solitos. Es un espectáculo muy interesente. Vale hasta para un trabajo socioantropológico.
—Si es que se van quemando solos, ¿por qué perduran?
—Porque este es un pueblo que ha olvidado el aspecto esencial de la educación. En un pueblo maleducado podrías tener mesiánicos cada dos o tres años, podrías tener pombéros, póras, todo lo que quieras, podés poblar de símbolos e imágenes y estupideces, y se vivir de esa manera.
—¿Cree que la educación ayudó a alimentar estos mitos?
—No voy a ser muy duro. Creo que estamos persiguiendo un fantasma con un palo de mentira. Sumale a eso la euforia de estar persiguiendo algo y la creencia que nuestro “palo” es factible. ¿Cómo la historia de la educación paraguaya muestra a las claras que nuestro déficit se puede identificar teniendo en cuenta dos factores: capacitación y leyes? Nunca tuvimos una capacitación docente en serio, a pesar de la existencia de leyes.
—¿Qué se necesita, entonces?
—Que el docente tenga un poder, no sobre el alumno, sino que tenga criterios para enseñar, que tenga autoridad para educar. Acá se lee, pero no se entiende lo que se lee. Faltan más debates, que estén organizados adrede. Podemos discutir, por ejemplo, con un político, director de instituto y estudiante, sobre, ¿por qué el más ignorante de todos los profesores debe tener acceso a una cátedra en la universidad?
—Schopenhauer tiene una interesante crítica sobre la educación de la filosofía en las universidades. ¿Cómo se debería enseñar hoy en día esta carrera?
—En primer lugar, se necesita de mucha información. Acceder a una buena bibliografía es esencial; Internet posibilita esto. Hay que fortalecer nuestras bibliotecas. También hay que seleccionar a los mejores profesores, si no, es pura negligencia. Hace falta más actividad intelectual, falta más vida académica. Para una mejor educación, las facultades de filosofía no pueden ser feudos de partidos políticos o movimientos sociales. Una facultad de filosofía no es una madraza. Porque de esa forma se cercena, se mutila el espectro y el acervo filosófico. El profesor de filosofía debe tener la libertad de hablar en su cátedra, de Marx, con mucha pasión, y hablar de Fukuyama con mucha pasión. Y los alumnos deben sentir de alguna forma que el profesor es marxista o capitalista durante las clases, para darle los criterios a la gente que se educa.
—¿Hay prácticas stronistas, entonces?
—La situación actual es homologable con las viejas prácticas del stronismo. Con Stroessner, la Facultad de Filosofía de la UNA estuvo copada por los pyragués, que mucho daño le hicieron a la casa de estudios. Y hoy, hay que preguntarse, ¿quiénes son los nuevos pyragués? No seré yo quien conteste. Pero va a surgir una generación que va a criticar, que va a ordenar las cosas, que va a analizar lo que ocurre.
—¿Sobre qué temas pueden hablar hoy los filósofos?
—¿Hay que ser especialistas en Platón? No, olvidémonos de Platón y estudiémosle a Foucault. O mejor, revisemos nuestro propio pensamiento político. Tenemos mucho por revisar, por hacer y decir, para luego continuar. Te doy un ejemplo, si voy a una conferencia sobre Aristóteles, ¿sobre qué voy a hablar? ¿Acto y potencia? Hay decenas de especialistas en Aristóteles. Pero si voy a hablar sobre el pensamiento de Cecilio Báez, cambia todo. Hay que ordenar el pensamiento paraguayo, para luego instalar las cátedras de pensamiento paraguayo. Debemos leerles a nuestros pensadores, sin prejuicios.
Bioética
La revolución biotecnológica permitió quizás un despliegue mayor de la bioética, ¿pero cuál es la función de la filosofía con esta corriente?
—Es la nueva ética científica. La filosofía la ha nutrido de fundamentos. Cuando surge una disciplina nueva hay que ver cómo se constituye. El primer paso es la cuestión nominal, el nombre; en este caso, tenés la conjunción entre bios y ethos, vida y costumbre. El tratamiento de la vida. Allí tenés que hacer filosofía. Luego, la institucionalización, que fue gracias a un centro de estudios, en la Universidad de Georgetown; posteriormente, tenés bibliografía, con la explosión de los 70. Pero aun así, faltan los principios.
—Y allí comienza la discusión...
—Sí. Todavía hoy la bioética es una ciencia que se busca, en términos aristotélicos. En esa búsqueda vamos planteando cuestiones importantes como si ¿es una ciencia, un saber, una disciplina?, que tienen que ver con la demarcación; o ¿es una herramienta y nada más? ¿Solo para tratar de consensuar posturas divergentes y dilemáticas? ¿O es una expresión política que tratar de calmar las conciencias cuando hay desmanes y desbordes?
—¿Cuál es su postura con respecto a ella?
—Creo que la bioética es una necesidad por todo lo que han significado por todos los avances biomédicos. Es una oportunidad de los filósofos para ponernos al día. Esa visión medieval estancanda de las realidades no compartidas con la bioética se derrumban. Hay muchas bioéticas, no una sola.
—¿Como la ética guaraní?
—Es una ironía en mi libro “Nambrena”. Lo que quise enfatizar es que “sin comida no hay paraíso”. Para que el sujeto corpóreo operatorio heterótrofo pueda pervivir, para que su prolexis exista, tiene que comer. Pero no tiene que comer cualquier cosa y aquí en Paraguay se come muy mal. Comemos comidas malpreparadas. Pero nos encanta comer mal. No tenemos una política nutricional. No cuidamos lo que comemos. El primer atisbo de igualdad pasa por la comida, hay informes alarmantes sobre la desnutrición en Paraguay. También es un llamado a adjetivar una postura, una forma de etiqueta, pero que al final es una bioética con raíces europeas.
Gustavo Bueno
—Sabemos que estudió con uno de los pensadores más polémicos de España, ¿se considera discípulo de Gustavo Bueno?
—Difícil la pregunta. Estudié y trabajé con él en su fundación durante dos años; es un filósofo complicadísimo, es un filósofo violento, muy duro. Si uno lo lee, verá que los guaraníes no tienen cabida, no existen, son inferiores. Para hablar de sociedad, debemos hablar de Estado, de lengua depurada, etc. Pero aun así es un pensador agudo.
—Bueno habla acerca de la existencia de un ateísmo-cristiano, en referencia al ateísmo-judío.
¿Es una contradicción de términos?
—Para él, no. Lo que Bueno defiende es la tradición católica como depositaria de una filosofía clásica. Él es ateo, pero un conocedor minucioso de toda la teología, la más dogmática.
Biografía
José Manuel Silvero, filósofo, docente e investigador, es licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de Asunción y doctor en Filosofía por la Universidad de Oviedo, España. Su tesis doctoral versó sobre “Bioética en España y Latinoamérica: Una visión socioantropológica” (Cum Laude por unanimidad). Es socio fundador de la Sociedad Internacional de Filosofía- Intersophia y del Centro Paraguayo de Bioética-CPB. Miembro del Consejo de Redacción de las revistas españolas de filosofía El Catoblepas y Brucheiom.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada